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Cuando para tratarse también hay que dejar casa

Un diagnóstico de cáncer infantil cambia la rutina de un niño de un momento a otro. Las clases, los juegos y los planes familiares comienzan a mezclarse con consultas, exámenes y tratamientos. Pero para quienes viven lejos de Lima, a todo ello se suma una pregunta que puede parecer sencilla, aunque pocas veces lo es: ¿dónde vamos a quedarnos?

La atención oncológica pediátrica especializada continúa concentrándose en gran medida en la capital. Por eso, muchas familias llegan desde distintas regiones cargando mucho más que una maleta. Llegan dejando trabajos, hermanos, colegios y redes de apoyo para acompañar a un niño durante un tratamiento que puede extenderse por meses. El problema no termina cuando finalmente llegan al hospital.

Dormir, comer y trasladarse durante todo ese tiempo también cuesta. Y es allí donde los albergues se convierten, para algunas familias, en una parte silenciosa pero necesaria del proceso. Existen espacios que reciben a niños con cáncer provenientes de provincias junto con un familiar y les brindan alojamiento y alimentación mientras continúan sus tratamientos en Lima.

Pero el hecho de que estos lugares sean tan necesarios también nos obliga a mirar el problema desde otro lado. ¿Por qué una madre debe recorrer cientos de kilómetros para acompañar a su hijo? ¿Por qué una familia tiene que buscar temporalmente un nuevo hogar simplemente para poder acceder a atención especializada?

En febrero de 2026 comenzó a funcionar un servicio de oncología pediátrica en Junín, pensado para atender a niñas, niños y adolescentes de la zona centro del país y reducir parte de esos desplazamientos hacia Lima. Sin embargo, ampliar la atención en una región no significa que la brecha haya desaparecido.

Todavía existen niños que deben alejarse de todo lo conocido para tratarse. Para ellos, un albergue puede convertirse durante algún tiempo en habitación, comedor, espacio de descanso y punto de encuentro con otras familias que atraviesan algo parecido. No reemplaza su casa. Tampoco debería normalizarse que viajar tan lejos sea la única alternativa. Pero mientras esa realidad exista, estos espacios ayudan a que la distancia no se convierta también en abandono del tratamiento.

Hablar de descentralizar el cáncer infantil es hablar de hospitales y especialistas, pero también de algo mucho más humano: permitir que un niño pueda recibir atención sin tener que alejarse innecesariamente de su hogar, su familia y todo aquello que le hace sentir que sigue siendo niño. Porque luchar contra el cáncer ya es suficientemente difícil; encontrar dónde dormir no debería ser otra batalla.

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